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Misioneras de María
XAVERIANAS

Podcast

El milagro de la compasión y del compartir


El pasaje comienza con un momento de gran dolor y prueba. Al recibir la noticia de que Juan el Bautista había sido asesinado por Herodes, "Jesús se retiró de allí en una barca, él solo, a un lugar desierto". También el Señor experimenta el sufrimiento y siente la necesidad de reflexionar en la calma. Busca el silencio para comprender qué es lo que la voluntad del Padre le pide en esta nueva y difícil situación.

Este comienzo es una invitación muy valiosa también para nosotros. Nos recuerda la importancia de saber abrir un espacio diario para "estar con el Padre y con los amigos" en un diálogo afectuoso, de corazón a corazón. En un mundo que muchas veces va demasiado rápido, redescubrir el silencio y la oración protege nuestra vida interior del aislamiento y del cansancio.

Sin embargo, en el desierto, los planes de Jesús cambian por completo a causa de la multitud que lo sigue a pie. Ante esta muchedumbre, el Señor no se molesta. Al contrario, se deja conmover: "Jesús vio una gran multitud y sintió compasión de ellos, porque estaban cansados y abatidos como ovejas sin pastor".

Esta mirada de Jesús atraviesa los siglos y llega a nuestra sociedad de hoy. Muchas veces miramos a nuestro alrededor y vemos una realidad dividida y herida por tantas enfermedades físicas y morales ("sanó a los enfermos"). Sentimos que la humanidad sufre un hambre múltiple. No es solo hambre de alimento material, sino sobre todo hambre de valores, de afecto sincero, de libertad, de felicidad y, en el fondo, hambre de Dios. ¡Cuántas personas desnutridas en el espíritu hay también entre nosotros los cristianos!

Jesús no se queda neutral ni indiferente. La suya no es una conmoción pasajera o superficial, sino una participación real en nuestros sufrimientos: un "padecer junto con el otro". Esta compasión impulsa de inmediato al Señor a una acción concreta: sanar a los enfermos y saciar las necesidades profundas del hombre. Él sabe que la enfermedad tiende a aislar a las personas; por eso, al sanarlas, las reintegra plenamente a la vida de la comunidad. Jesús se revela como el Mesías misericordioso que se deja conmover e interpelar por cada forma de sufrimiento que encuentra. De este modo, revela también el verdadero rostro de Dios como un "Padre misericordioso", que se toma a pecho cada una de nuestras miserias.

Ante el avance de la tarde, los discípulos sugieren una solución cómoda y evasiva: "Despide a la multitud para que vayan a comprarse de comer". En la práctica, dicen que cada quien "se las arregle solo". Pero la palabra "imposible" no existe en el vocabulario de Jesús. Su mandato a los discípulos es tajante y no deja escapatorias: "Denles ustedes mismos de comer".

Nosotros, exactamente como los apóstoles, señalamos de inmediato la escasez de nuestros medios ante necesidades tan desmedidas: "No tenemos aquí más que cinco panes y dos pescados". Pensamos que no podemos hacer nada.

Pero el Evangelio nos muestra que Jesús no actúa como un mago; él no empieza de cero. Necesita que alguien ponga a disposición lo poco que tiene. Necesita de alguien que, ese día, se arriesgue incluso a quedarse sin comer por amor a los demás. El primer verdadero milagro está, precisamente, en saber compartir. Ese "poco" (vida, tiempo, cualidades, bienes, sufrimientos) entregado con confianza en las manos de Jesús permite alimentar a una multitud. El pane partido y compartido, en las manos del Señor, no se agota, sino que se multiplica, superando las lógicas del egoísmo a través de la corresponsabilidad hacia el prójimo.

El milagro de los panes tiene un profundo significado para nuestra Iglesia. La escena descrita es una imagen viva de la comunidad cristiana: Jesús está rodeado por los doce, quienes distribuyen sus dones a la multitud "sentada" sobre el pasto. En el lenguaje de aquel tiempo, esa posición recostada se permitía durante las comidas únicamente a los señores y a las personas libres. Jesús, por lo tanto, le devuelve a cada persona la dignidad de hijo libre.

La Iglesia es esta gran familia donde se sigue distribuyendo el pan de la Palabra y de la Eucaristía y nos comprometemos a que a nadie le falte el pan de cada día. Y las doce canastas de pedazos que sobraron son el símbolo de una riqueza inagotable, de la cual los cristianos de todos los tiempos pueden alimentarse sin que se termine jamás.

Jesús se revela como el verdadero Pastor que se hace cargo de las necesidades concretas de las personas, transformando a una multitud de desconocidos en una comunidad. Este signo nos desafía a superar la lógica del "sálvese quien pueda" para aprender a ser solidarios, luchar contra el desperdicio y comprometernos con la justicia social como una forma concreta de seguir a Jesús y permanecer fieles al Evangelio.

  • Lupita Pacheco
  • 01 Agosto 2026
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