Ve como si ahí estuvieran tus hijos
Lina Caliari es una Misionera de María Xaveriana.Actualmente vive en la casa madre de Parma, donde ayuda en la asistencia a las Hermanas ancianas y enfermas.
De los montes del Trentino a Parma
Nací en 1941 en Bleggio Superiore, un pequeño pueblo del Trentino. Soy la mayor de cinco hermanas. Mi padre trabajaba por cuenta propia como carpintero. Participaba en la Acción Católica y alimentaba el sueño de ser misionera.
Un misionero que vino a predicar a la parroquia nos habló de los Maomao, un pueblo que no conocía al Señor y que los misioneros iban a evangelizar. Me dije: «Yo también, de grande, quiero ir con los Maomao». Luego dudaba, pensando que mi familia me necesitaba, pero el pensamiento de la misión quedaba en lo profundo del corazón.
Después fui a Milán, donde trabajaba una tía mía en una casa de familia, y durante unos dos años cuidé niños. Luego trabajé algunos años en una fábrica de tejidos en mi pueblo. Algunas amigas habían ingresado en distintos institutos. Yo buscaba un instituto misionero con vida consagrada, pero que llevara ropa laica.
Un sacerdote me mostró la revista de las Xaverianas y en 1964 fui a Parma a conocerlas. Aunque aún no comprendía muchas cosas, sentía en mi corazón una gran paz y serenidad ante la idea de ingresar a esa familia misionera. Regresé a casa decidida a partir; mi mamá intentó en vano hacerme ver las dificultades de esa vida. Pocos meses después ingresé.
La Madre Celestina, la fundadora, me ayudó personalmente a comprender lo que significaba ir a misión y anunciar el Evangelio. Admiraba sus rasgos evangélicos: la apertura, la acogida, la amabilidad, la paz interior que nacía de su fe profunda.
En misión
Yo deseaba ir a misión, pero sufría por mi falta de preparación: ¡ni siquiera había terminado la secundaria! Mientras estaba en Roma cuidando a la mamá de una misionera, pude prepararme y rendir el examen de tercer grado. En los años siguientes cursé estudios de enfermería, luego fui a París para aprender francés y de ahí a Bélgica para cursos de enfermedades tropicales y de obstetricia.
¡Finalmente la misión! Partí al Burundi en 1976 y me enviaron a Murago. Trabajar en una maternidad del interior fue doloroso, por la sensación de no estar suficientemente preparada frente a tantas situaciones, y por la falta de personal calificado. Luego, durante un año, sustituí a una hermana en el hospital de la ciudad de Bururi, y trabajando junto a los médicos fui adquiriendo cierta seguridad; después regresé a Murago.
Veíamos florecer la Iglesia y también la vida social. Un día, mientras mirábamos las colinas del país, un Padre me dijo: «¡Mira cómo avanza el Reino de Dios!». «Es verdad», respondí. Vivimos un camino junto a la gente.
Hacia 1984, hubo expulsiones de misioneros del Burundi. Me impactó ver cómo la gente de una colina, de donde habían expulsado a los Padres, se reunía los domingos para orar y cantar largamente las partes de la misa, por temor a olvidarlas. Fui de las primeras hermanas en tener que irse.
En Italia, al principio lloraba al recordar los momentos hermosos vividos, las madres que conocí... Pero luego comencé a pensar que el pueblo burundés ya había recibido el primer anuncio y había hecho un camino de fe y social: esa partida, no deseada por nosotras, podía ser una oportunidad para abrirnos a nuevos horizontes.
Nuevos horizontes
Así, nos abrimos al Chad y al Camerún. En la zona del Chad donde estábamos, había pocos cristianos y la pobreza era mayor que en Burundi. Acompañé la construcción de un nuevo dispensario en Magao, en un área a 20 km de nuestra casa, indicada por el Estado. Con las inundaciones periódicas de varios meses, fue un desafío seguir su construcción y funcionamiento.
La gente cargaba arena en el camión, que a menudo se atascaba en el camino. Yo misma tomaba la Toyota que me había dado la diócesis, y con los chicos la llenábamos de arena. Mientras tanto, desde el tablero del coche, hacía sonar un casete con un pasaje del Evangelio en lengua masa: en Chad los cristianos lo aprenden de memoria. Un poco trabajaban, un poco bailaban.En Koumi, cuando terminé el dispensario, con la ayuda de la diócesis y de Misereor, pudimos construir una casita para cada enfermero y una para nosotras. Luego los enfermeros construyeron casas para sus parientes y alrededor se formó un pueblo. Constituimos un Comité de salud, presidido por un musulmán, con dos personas por cada aldea que colaboraban conmigo en las vacunaciones. Estaban preparados y motivados para proteger la vida de los niños.
En el mercado, lugar tradicional de reunión, explicaba la importancia de las vacunas, con la ayuda de “Médicos sin Fronteras”.
Junto con el Comité identificábamos los problemas y buscábamos soluciones. Incluso construimos un puente. Nos decíamos que el Señor nos quiere y nos acompaña en el esfuerzo por hacer la vida más bella. Con la ayuda de la diócesis enviamos a tres personas a formarse como enfermeros. La gente construyó una casita para un laboratorio de análisis, un almacén, un molino para moler el mijo…
Cada mes hacíamos una asamblea, presidida por el enfermero jefe del dispensario, con la presencia de todos los animadores y líderes, y siempre terminábamos con un almuerzo. Aprendía la lengua masa directamente de la gente, porque no tenía tiempo para estudiar. Me llamaban de noche para asistir partos en la sabana. Algunos me desaconsejaban ir, pero me decía: «Si no voy, ¿quién va?». Mi coche era el único en circulación. Los niños corrían tras él, se subían…
Después de dieciocho años en Chad, me enviaron a Camerún, donde viví diez años. En Nouldayna la situación era más difícil porque no conocíamos la lengua musey y no había proyectos sanitarios. Entonces me inventé la animación sanitaria en los pueblos, que realizábamos con la ayuda de los animadores: gracias a ella conocíamos las necesidades de la gente. Venían a buscar ayuda, porque eran muy pobres y eran golpeados periódicamente por inundaciones. Faltaban estructuras, no sabíamos por dónde empezar.
Viéndonos tan limitadas, nos preguntábamos: «El Señor es grande. ¿Para qué nos ha mandado aquí?». Comprendí que el Señor quería servirse de nosotras, tan pequeñas, para llevar a su pueblo su misericordia y su amor.
Conclusión
He conocido el África de Burundi, Camerún y Chad… países distintos entre sí, pero lo que importa en todos lados es estar con la gente. Debemos caminar juntos, entre nosotras y con ellos, con mente y corazón abiertos y sencillos, capaces de ver la realidad y captar lo esencial.
Hace falta el gusto de estar en medio de la gente. Cierto, también hay que estudiar un poco, pero ve como si ahí estuvieran tus hijos, tus hermanos, tus amigos, quédate con ellos, y ellos te enseñan lo que debes hacer. Mira cómo lo hacen, sin juzgar, y enseña a amar al Señor.







