El gigante de la fe
Al acercarnos al mes de septiembre, en el que celebramos la Independencia de México, nada más justo que recordar a un mexicano que, libre de las esclavitudes del poder, del tener y del placer del mundo, decidió heroicamente dar la vida y defender, sin miedo, su fe y su amor por Cristo Rey.
Recordamos con gratitud y devoción a San José Sánchez del Río, mártir de la fe y testigo fiel del Rey del Cielo.
José nació en Sahuayo, diócesis de Zamora, Michoacán, México, el 28 de marzo de 1913. Sus padres fueron Macario Sánchez y María del Río, quienes tuvieron cuatro hijos: Macario, Miguel, José —el mártir— y María Luisa. Joselito, como era llamado cariñosamente por su familia, hizo su Primera Comunión alrededor de los nueve años.
Desde pequeño mostró una piedad excepcional y cultivó una fe sólida y tenaz, alimentada por la vida de oración de sus padres y fortalecida por el difícil contexto social que le tocó vivir.
En México, la persecución contra la Iglesia se intensificaba día con día. Cuando comenzó la rebelión de los cristeros, sus hermanos mayores se unieron a las filas de quienes defendían la fe. Joselito sintió también ese fuego en su interior y, a pesar de su corta edad, insistió en acompañarlos.
Consciente del valor de su fe y movido por su amor a Jesús y a la Virgen de Guadalupe, no desistió ante la negativa de su madre, que se resistía a dejarlo ir. Con valentía le decía:
«Mamá, nunca ha sido tan fácil ganarse el cielo como ahora».
Mientras vivía en Guadalajara, ciudad a la que su familia se había visto obligada a trasladarse, Joselito visitó la tumba del joven abogado Anacleto González Flores, cruelmente martirizado el 1 de abril de 1927. Allí pidió a Dios poder morir, como Anacleto, en defensa de la fe católica. Casi un año más tarde, el 10 de febrero de 1928, en plena persecución religiosa, Joselito recibió la gracia del martirio.
Según algunos relatos, el 5 de febrero de 1928 tuvo lugar un combate cerca de Cotija. El caballo del general cayó muerto de un balazo. José bajó entonces de su montura con agilidad y le dijo:
«Mi general, aquí está mi caballo; sálvese usted, aunque a mí me maten. Yo no hago falta y usted sí».
Le entregó su caballo y, durante el combate, fue hecho prisionero. Lo llevaron ante el general callista, quien lo reprendió por combatir contra el Gobierno. Al ver su decisión y arrojo, le dijo:
«Eres un valiente, muchacho. Vente con nosotros y te irá mejor que con esos cristeros».
José respondió:
«¡Jamás, jamás! ¡Primero muerto! ¡Yo no quiero unirme con los enemigos de Cristo Rey! ¡Yo soy su enemigo! ¡Fusíleme!».
Joselito no fue propiamente un soldado armado, sino un estandarte viviente de fe. Se desempeñó como portaestandarte y asistente. Su fuerza no estaba en las armas, sino en la convicción profunda de aquello en lo que creía.
Durante su martirio, con la intención de hacerlo renunciar a su fe, le desollaron las plantas de los pies y lo obligaron a caminar descalzo. Cada paso dejaba un rastro de sangre sobre la tierra, pero él no dejaba de proclamar su grito de fe:
«¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen de Guadalupe!».
Al llegar al cementerio, después de ser herido y antes de recibir el disparo que terminó con su vida, perdonó a sus verdugos y los exhortó a arrepentirse.
Sus restos fueron sepultados inicialmente en las catacumbas del templo expiatorio del Sagrado Corazón de Jesús. Actualmente reposan en el templo parroquial de Santiago Apóstol, en Sahuayo, Michoacán.
El 16 de octubre de 2016 fue canonizado por el Papa Francisco. Su testimonio se ha convertido en una inspiración especialmente significativa para niños y jóvenes. Su vida ha trascendido las fronteras de México y ha llegado a millones de personas a través del arte, el cine y los medios de comunicación.
La película Cristiada, conocida internacionalmente como For Greater Glory, contribuyó a que muchas personas en distintos países conocieran la historia de la persecución religiosa en México y el testimonio del joven José Sánchez del Río.
Con apenas 14 años, este joven mexicano demostró que la santidad no tiene edad. Enfrentó el martirio con una fortaleza nacida de una fe profunda y de un amor inquebrantable a Cristo.
Su corta vida nos deja una gran pregunta: ¿qué tan grande puede llegar a ser una persona cuando su fe es más fuerte que el miedo?
Joselito nos recuerda que un gigante de la fe no es necesariamente quien realiza grandes hazañas ante los ojos del mundo, sino quien, incluso siendo pequeño y vulnerable, permanece fiel hasta el final.
Por eso, al recordar nuestra independencia y a quienes han dado su vida por aquello en lo que creían, vale la pena volver la mirada hacia este joven mexicano que conquistó una libertad todavía más profunda: la libertad de quien no permite que el miedo le arrebate su fe.
¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen de Guadalupe!






