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Misioneras de María
XAVERIANAS

Celestina Misionera

Teresina Caffi
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23 May 2025

Desde muy pequeña, Celestina Bottego aprendió a mirar más allá de las fronteras. Nació en Estados Unidos, en un entorno donde la mayoría era protestante, pero creció con la fe católica que su mamá le transmitía con ternura. Su papá había regresado a Italia y su tía, que era religiosa, la acompañaba a distancia con cariño y oración.

Cuando tenía solo 15 años, dio un gran salto: se mudó a Italia con su familia. Era todo nuevo para ella: otra lengua, otra cultura, otra historia. Pero lejos de cerrarse o quejarse, se adaptó con valentía y se lanzó a estudiar, enseñar, hacer apostolado y construir amistades profundas.

Lo de vivir con el corazón abierto al mundo lo traía en el alma. Su hermana María ya había cruzado el océano para ser misionera en la India. Celestina, en cambio, se quedó en casa, acompañando a sus padres mayores y apoyando a su hermano en los asuntos de la familia. Nunca pensó en casarse, ni tampoco en entrar a una congregación. Y sin embargo… su vida estaba llena: de encuentros, de gestos sencillos con los campesinos, de catequesis, de ayuda concreta, especialmente en los tiempos difíciles de la guerra.

Un día conoció la espiritualidad benedictina y encontró en ella un modo de consagrar su vida como “oblata”: una entrega silenciosa pero total, desde el corazón. Celestina no necesitaba grandes escenarios para anunciar a Jesús: lo hacía con naturalidad porque lo amaba profundamente. Su fe se notaba en cada rincón de su vida, ya fuera dando clases, acompañando en casa o estando cerca de los más pobres de su ciudad.

Cuando viajó a la India a visitar a su hermana, se le ensanchó aún más el corazón. En ese viaje fue instrumento para que un médico musulmán se acercara a Jesús. No necesitó "hacer misión", simplemente vivía como quien ha sido tocada por Dios.

Y cuando regresó a su rutina, lo hizo con una paz profunda. Pero Dios, que siempre sorprende, tenía otro plan. En plena Segunda Guerra Mundial, en 1943, el padre Giacomo Spagnolo, misionero xaveriano, le propuso algo inesperado: fundar con él la rama femenina del instituto.

¡Ella, que nunca pensó en ser religiosa, terminó fundando una congregación! Ella, que nunca buscó salir de su tierra, formaba ahora a jóvenes con el corazón en salida.

Mujeres campesinas, sencillas, con sueños grandes pero sin formación… Celestina las acogía como madre: con paciencia, con ternura, con esa fuerza interior que solo tiene quien ha aprendido a amar sin condiciones.

Durante meses dudó, hasta que el 24 de mayo de 1944 dijo que sí. Un sí sereno, profundo, que le trajo paz. Comenzó entonces la vida comunitaria, la aventura de vivir con poco, compartirlo todo, crecer junto a un grupo que se iba haciendo familia. No fue fácil. Venían de mundos distintos: el padre Giacomo con ideas muy claras y ella con una vocación que iba descubriendo poco a poco.

Más adelante, Dios le pidió otra locura: regresar a Estados Unidos, pero no como quien vuelve al hogar, sino como quien va a trabajar por el Reino. También acompañó con alegría las primeras salidas misioneras a Brasil, al Congo… y por donde pasó, dejó huellas de cariño y admiración.

Hasta el final de su vida, en 1980, Celestina fue para sus misioneras una presencia maternal, cercana, concreta, llena de pequeños gestos y consejos sabios. Su forma de amar era simple pero profunda: atenta, delicada, sin imponer nunca nada.

Era tan fiel al Evangelio, que incluso llegó a incomodar a algunas hijas suyas cuando acogía en casa a amigas ancianas y solas, hasta su último respiro. Así vivía ella la misión: como una apertura total al otro, como una fiesta para el que llega, como un hogar para todos, sin importar de dónde vienen.

Gracias, madre Celestina, por enseñarnos que la misión no es una tarea más, sino un modo de vivir: con los brazos abiertos y el corazón encendido. Ayúdanos a vivir así también nosotras y nosotros, en el nombre de Jesús.