La parábola de los trabajadores de la viña nace de la realidad agrícola de Galilea, región en la que Jesús desarrolló gran parte de su misión. Galilea, en tiempos de Jesús, era una tierra fértil, conocida por la agricultura, la pesca y los cultivos de trigo, olivos y viñedos. A pesar de la riqueza natural de la región, la situación del pueblo estaba marcada por profundas desigualdades sociales. Gran parte de las tierras se encontraba concentrada en manos de unos pocos propietarios y de las élites vinculadas al poder romano.
En este contexto, numerosos trabajadores vivían como jornaleros, esperando en las plazas que alguien los contratara para el trabajo del día y así poder garantizar el sustento de sus familias. Eran hombres sencillos, vulnerables y sin ninguna seguridad, que dependían de la buena voluntad de los propietarios para sobrevivir. Una realidad muy parecida a la de tantos trabajadores de nuestro tiempo. Es precisamente de esta realidad concreta, bien conocida por el pueblo, de donde parte Jesús para anunciar un mensaje profundamente transformador sobre el Reino de Dios.
Jesús presenta a un propietario que sale repetidas veces a llamar trabajadores para su viña: algunos son llamados al amanecer, otros a lo largo del día e incluso algunos a última hora. Al final, todos reciben el mismo salario: un denario, cantidad suficiente para el sustento de una familia. Recordemos que esta era la cantidad acordada con el propietario (Mt 20,2). A los ojos humanos, esto parece injusto. Por eso, quienes trabajaron durante más tiempo protestan, pues esperaban recibir más que los demás (Mt 20,11). Sin embargo, Jesús revela que la lógica del Reino de Dios es diferente de la lógica del mundo.
En la sociedad en la que vivimos, muchas veces las personas son valoradas por lo que producen, por el rendimiento que ofrecen o por la posición que ocupan. Quien produce más parece valer más; quien produce menos termina siendo dejado al margen. El Reino anunciado por Jesús rompe profundamente con esta mentalidad: para Dios, la dignidad de la persona humana está antes que la producción, el beneficio o la eficiencia. El Padre no mira solamente el esfuerzo realizado, sino también la necesidad y la dignidad de cada hijo y de cada hija. El criterio del Reino es la vida, la misericordia y la gratuidad del amor divino.
Esta perspectiva está fuertemente iluminada por el magisterio del papa Francisco, quien denunciaba constantemente la cultura del descarte, presente en una sociedad que excluye a los pobres, a los ancianos, a los enfermos y a todos aquellos que no encajan en la lógica de la productividad y del consumo. Es necesario recordar que nadie puede ser reducido a aquello que produce, porque cada persona posee un valor infinito a los ojos de Dios.
En este sentido, el propietario de la parábola no actúa según la lógica del mercado, sino según la lógica de la compasión. Sabe que también los trabajadores de la última hora necesitan llevar alimento a sus familias y vivir con dignidad.
La comunidad de Mateo encontraba dificultades para acoger a los paganos convertidos, considerados por muchos como los «trabajadores de la última hora». Jesús, sin embargo, enseña que en el Reino nadie es menos importante. El amor de Dios no se mide por el tiempo recorrido en el camino de la fe, sino por la apertura del corazón. Así, los últimos pueden convertirse en los primeros, porque la gracia de Dios es un don gratuito y no una recompensa merecida.
El Evangelio también nos muestra que el Señor continúa saliendo al encuentro de todos y llamando a las personas para trabajar en su viña. No importa la hora en la que alguien responda a la llamada: lo esencial es acoger la invitación y ponerse al servicio del Reino. En la misión hay lugar para todos: para quienes llegaron primero y para quienes llegaron después; para los fuertes y para los frágiles; para quienes llevan mucho tiempo caminando en la fe y para aquellos que apenas comienzan su experiencia con Cristo.
La misión de la Iglesia consiste precisamente en dar testimonio de esta nueva lógica de Jesús, una lógica basada en la misericordia, la acogida y el compartir. El discípulo misionero está llamado a mirar al otro no con criterios de competencia, mérito o privilegio, sino con la mirada compasiva del Padre. Por eso, dentro de la comunidad cristiana no puede haber discriminación, exclusión ni sentimientos de superioridad. Todos somos destinatarios de la misma gracia y de la misma salvación.
El Señor continúa pasando por las plazas, las calles y los caminos de nuestro mundo, llamando trabajadores para su viña. Llama a jóvenes, adultos, ancianos, familias y comunidades enteras. Nos llama a construir un mundo más humano, donde prevalezcan la justicia, el compartir y la dignidad de la vida. La recompensa prometida por Dios es la comunión con Él, la alegría del Reino y la vida eterna.
El Evangelio nos ayuda a preguntarnos: ¿estamos ayudando a quienes todavía se encuentran en las plazas, en las calles, en los caminos…, sin esperanza y sin rumbo, a encontrar su lugar en la viña del Señor?
-
Rosangela Dos Santos
-
19 Septiembre 2026
-
Visto 49 veces

