Un don en la Sierra Tarahumara
Mi experiencia en la Sierra Tarahumara ha sido, sin duda, un sueño realizado, un don profundamente anhelado. Desde hacía tiempo habitaba en mi corazón este deseo de salir a la misión, y al llegar a estas tierras, confirmé que cuando uno se dispone, Dios siempre sorprende y supera lo que uno imaginaba.
Partí con un pequeño grupo misionero: seis jóvenes llenos de entusiasmo, el padre José Guadalupe, misionero de Guadalupe, y un joven que, como yo, venía desde Guadalajara. Al llegar a la cabecera de Sisoguichi, fuimos enviados a distintas comunidades. A mí me tocó la comunidad de Bawínochachi (Buwinokachi), donde viví una verdadera experiencia ad gentes, de encuentro profundo con una realidad distinta, desafiante y profundamente enriquecedora.
Bawínochachi es una comunidad marcada por muchas heridas: la pobreza, el abandono y tantas historias de dolor que se entretejen en la vida cotidiana. Sin embargo, en medio de esta realidad, descubrí una riqueza humana y espiritual que solo se puede comprender desde la cercanía. Rostros serenos, miradas profundas, gestos sencillos que hablan de una dignidad que no se pierde, aun en medio de la dificultad.
Una de las experiencias más significativas fue el caminar. Los mismos niños de la comunidad se convirtieron en nuestros guías misioneros. Nos llevaron a visitar comunidades como Ojo de Buey, Cerro Pelón y Totori. Recorrimos kilómetros entre veredas, montañas y caminos de tierra, conversando y aprendiendo de ellos. De manera especial, las niñas nos iban mostrando las plantas, explicándonos su uso, compartiendo su conocimiento con una naturalidad impresionante. En ese caminar comprendí que la misión también es dejarse guiar, dejarse enseñar por quienes aparentemente tienen menos, pero en realidad poseen una sabiduría profunda.
Uno de los momentos más fuertes y significativos fue vivir los días santos junto con el pueblo rarámuri. Su manera de celebrar la Semana Santa es profundamente simbólica, corporal y comunitaria. No es solo una conmemoración, es una vivencia que involucra toda la vida del pueblo.
Desde el Jueves y Viernes Santo se realizan danzas rituales donde participan los fariseos y los soldados, representando la lucha entre el bien y el mal. Los fariseos, muchas veces con el cuerpo pintado, encarnan las fuerzas del mal; los soldados, en cambio, simbolizan el bien. A través de sus movimientos, de sus recorridos y de su presencia constante, hacen visible esta lucha que no solo pertenece al relato bíblico, sino a la vida misma del pueblo.
En medio de estas celebraciones aparece también la figura de Judas, representado en un muñeco que simboliza la traición. Al final, este es quemado, como signo de que el mal no tiene la última palabra. Asimismo, se vive una especie de enfrentamiento simbólico entre fariseos y soldados, una lucha ritual que expresa de manera fuerte y concreta esta tensión entre el bien y el mal, pero que culmina en la esperanza, en la victoria del bien.
Más que una tradición, todo esto es una profunda expresión de fe encarnada. Es el Evangelio vivido desde su propia cultura, con sus símbolos, su cuerpo, su historia. Es una manera distinta, pero profundamente auténtica, de entrar en el misterio de la pasión, muerte y resurrección de Cristo.
En este proceso, fue clave el acompañamiento del párroco, quien con cercanía y apertura nos fue orientando, ayudándonos a comprender y a situarnos con respeto ante esta riqueza cultural. De manera muy especial, una mujer rarámuri llamada Ernestina fue para nosotros una verdadera mediadora: con paciencia, sencillez y sabiduría, nos fue introduciendo en su mundo, explicándonos los signos, ayudándonos a mirar más allá de lo superficial y a entrar con respeto en su cosmovisión.
Esta experiencia me confirmó que la misión no es ir a “dar”, sino a recibir. Recibir la vida, la fe, la resistencia y la dignidad de un pueblo que, en medio de tantas dificultades, sigue de pie, sigue creyendo, sigue celebrando.
También fue un encuentro con mi propia fragilidad. Ante tantas realidades, uno se descubre pequeño, limitado… pero al mismo tiempo profundamente sostenido. Porque cuando ya no hay respuestas, queda la presencia, la escucha, el compartir sencillo. Y ahí, en lo más simple, Dios se hace presente.
Regreso con el corazón lleno: de nombres, de rostros, de historias que ya forman parte de mí. Agradecida por este don tan grande, y con la certeza de que la misión transforma, ensancha el corazón y nos permite descubrir que Dios ya habita en cada pueblo, esperando ser reconocido.








