La herencia más hermosa
El 20 de agosto de 1980, Celestina Bottego, la Madre, Fundadora junto con el Padre Giacomo Spagnolo de la Congregación de las Misioneras de María, llegaba a la casa del Padre. Se cumplía así en ella el deseo intensamente cultivado “durante toda su vida”, desde el día de su Primera Comunión, según su propio testimonio: el deseo de “ver a Jesús y conocer quem amavi, quem petivi, quem semper optavi [Aquel a quien he amado, a quien he buscado, a quien siempre he deseado], cara a cara, para siempre”.
Al hacer memoria agradecida de nuestra Madre, de su camino de santidad vivido en lo cotidiano, nos gusta evocar los últimos momentos de su vida terrena. Estos abren una ventana al misterio de una existencia totalmente entregada, vivida en constante intimidad con el Señor.
En su último día, mientras sus condiciones físicas iban empeorando, la Madre repetía con frecuencia: Sí, sí. Otras veces decía: ¡Aquí estoy!
El obispo xaveriano Mons. Gianni Gazza celebró la Eucaristía en su habitación. En el momento de la comunión, como si quisiera resumir el sentido de toda su vida, la Madre abrió los brazos en su habitual gesto de acogida y pronunció, con voz clara y rostro luminoso, un Amén que, por su fuerza e intensidad, quedó profundamente grabado en las personas presentes. Falleció serenamente pocos minutos después de la medianoche.
De ella decía Mons. Pasini en la homilía de las exequias:
Al encontrarme con Madre Celestina Bottego, siempre tuve esta impresión: una persona feliz, un alma que irradiaba confianza y serenidad, un corazón que te invitaba a amar a Jesús en los hermanos. ¡Siempre! Diría que vivió plenamente las bienaventuranzas del Evangelio... En los diversos encuentros que tuve con ella, siempre quedé admirado y edificado... Un alma tan grande, también por su estatura, su personalidad y sus gestos, se hacía pequeña, humilde ante todos.
Es significativa también la síntesis trazada por Mons. Gazza, quien conocía bien a la Madre, durante el rito de despedida celebrado en la capilla de la Casa Madre:
Madre: un título tan singular en ella y, diría también, tan adecuado, tan propio de su persona. Al dar inicio al Instituto de las Misioneras, su maternidad llegó verdaderamente a hacerse inmensa, grande como el mundo. Y aquí la Madre concluyó su existencia humana, y la concluyó exactamente como la había vivido.
Y añadía:
En estos días, viviendo aquí cerca de ustedes, he podido percibir un clima de serenidad, de fe, de amor. Y esta es la herencia más hermosa que la Madre les ha dejado, porque en ella está aquella fe por la cual vivió, por la cual fundó el Instituto para las Misiones y por la cual entregó su vida.
El ejemplo luminoso de nuestra Madre, declarada Venerable por el Papa Francisco, reaviva en nosotros el deseo de santidad.
La Madre nos anima a vivir con generosa fidelidad la llamada a anunciar y dar testimonio del Evangelio, totalmente arraigadas en Jesucristo, misionero del Padre.
Pidamos al Señor este don, por su intercesión.




