Esperanza para los jóvenes del mundo. A los jóvenes de los países del Norte
Al principio pensé en cambiar el título. Me preguntaba: ¿puedo yo, con setenta y seis años, tener algo que decir a los jóvenes de hoy? Ellos dominan tecnologías de comunicación que desconozco, viven en un mundo que apenas alcanzo a imaginar y manejan conocimientos que me son ajenos. Sin embargo, quiero intentar ofrecerles una mirada desde esta etapa de la vida.
Fui joven en aquellos años intensos alrededor de 1968, una época marcada por el despertar de la conciencia sobre los derechos humanos, la apertura hacia una visión más universal del mundo y la confianza en que era posible transformarlo. Cantábamos: *«¡Pongan flores en sus cañones!»*, convencidos de que la paz podía construirse a escala mundial.
Recuerdo la fuerza con la que brotaba en nosotros, como un manantial, el deseo de justicia, la indignación ante las distintas formas de opresión y la maravillosa sensación de que la vida podía orientarse hacia cualquier horizonte: ser piloto o maestro, político o monje, vivir en nuestro propio país o en los confines del mundo. ¡Qué embriagadora era esa experiencia de libertad! ¡Qué entusiasmo despertaba la posibilidad de pensar cómo queríamos vivir nuestra vida!
Estoy convencida de que el anhelo de verdad y de justicia es una fuente limpia y viva que Dios deposita en cada ser humano. Llega un momento en que tomamos conciencia de ella, y entonces comenzamos a mirar la realidad de una manera diferente, a tomar decisiones que muchas veces van contracorriente. Es esa fuerza interior la que nos impulsa a soñar con un mundo distinto, posible y construible, también gracias a nuestra propia contribución.
No sé si el enorme poder de quienes rinden culto a la riqueza, al poder y a la violencia ha logrado hoy paralizar los sueños, hasta hacernos creer que otro mundo no es posible, que las cosas simplemente funcionan así y que aquello que en realidad huele mal termina presentándose como si tuviera buen aroma.
Pero no. Los jóvenes de hoy, más que nunca, conocen los sótanos del mundo, esos lugares donde gimen quienes pagan el precio del bienestar de otros, un bienestar que siempre parece necesitar crecer. Y ya no hace falta ingresar en una congregación religiosa para llegar hasta allí: muchos jóvenes viajan, conocen esas realidades y ofrecen generosamente su ayuda.
Esa ha sido la perla más preciosa de mi vida: haber podido llegar a esos sótanos de la humanidad. Ha sido una gracia recibida de Dios y también de la fraternidad, porque las hermanas que compartían el mismo sueño hicieron posible mi partida, mi permanencia, mi regreso y cada nuevo envío.
En mi pueblo todavía se ve, desde la ventana de mi cocina, un pino que sobresale entre los tejados. Detrás de él se oculta el sol al atardecer. Ese pequeño rincón de tierra y cielo me hablaba, desde niña, de horizontes desconocidos y de una fraternidad que debía vivirse más allá de toda frontera. Intenté responder a esa llamada. A partir de los treinta años pasé la mayor parte de mi vida en África: primero en el Congo, entonces llamado Zaire, y después en Camerún.
No hay en ello ningún mérito ni motivo de gloria. Todo ha sido gracia. La gracia de contemplar el mundo desde sus raíces. La gracia de estar cerca de quienes cargan con el peso más duro de la codicia humana. No me atrevo a decir que compartí plenamente su vida, porque en realidad compartí muy poco. Son innumerables las seguridades que nos separan de los pobres, incluso cuando vivimos a pocos pasos de ellos.
Sin embargo, recibí el inmenso regalo de estar allí y de recibir la amistad de tantas personas. Nunca olvidaré a aquel joven que conducía un taxi-bicicleta por la carretera llena de subidas y bajadas que atraviesa Uvira, a orillas del lago Tanganica. Sus amigos, sorprendidos de que una *mzungu* (mujer blanca) le pidiera que la llevara, le decían en tono de broma:
«Aprovecha la ocasión, pídele mil dólares».
Él respondió sencillamente:
«No. Ella es mi hermana».
Sentada en el pequeño asiento de la bicicleta, observaba su camisa gastada, veía el esfuerzo de cada pedalada y comprendía que acababa de recibir un don inmenso e inmerecido: que un pobre me honrara llamándome hermana.
Queridos jóvenes: atrévanse. Atrévanse a soñar, atrévanse a salir, atrévanse a encontrarse con los demás, atrévanse a dejarse interpelar y transformar por quien es diferente y, sobre todo, atrévanse a vivir cerca de los últimos.
No existe un lugar mejor en el mundo.
Ellos les enseñarán a confiar constantemente en Dios y los conducirán al encuentro de Aquel que se puso de su lado, no para humillarlos, sino para proclamar que son los verdaderamente grandes.




