A vuelo de ángel
En el transepto sur de la Catedral de Parma, la «Deposición» de Benedetto Antelami nos remite al capítulo 27 del Evangelio según san Mateo, latiendo con un palpitar lleno de delicados acentos humanos.
Me conmueve el vuelo del Arcángel Gabriel y, en particular, el gesto con el que lleva la mano de Jesús hasta el rostro de su Madre, en una caricia de infinita ternura. Como unidas por un tejido invisible que se repite de figura en figura a través de ese mismo gesto, las mujeres avanzan hacia la Luz.
Eso es lo que hace posible Gabriel; eso mismo sigue sucediendo hoy entre nosotros cuando permitimos que el Soplo de Dios abra sus caminos y ponga en movimiento nuestras manos. Entonces se nos concede saborear su dulce amistad —como canta un himno de la Liturgia— y convertirnos en iconos de su presencia amiga.
Si tuviera que elegir una imagen para hablar de la amistad, creo que sería la de una mesa preparada, una comida compartida, unos hilos entrelazados en una red que une, sostiene y eleva, llevándonos siempre un poco más allá.
Durante una tarde de verano, una amiga escribía:
«Hay mesas que, al terminar la velada, parecen una paleta de colores: manchas, trazos difusos, desorden, tonos distintos. Y, sin embargo, es precisamente en ese conjunto imperfecto donde comienza a dibujarse una nueva imagen, mucho más grande que una simple comida compartida.
Cada uno llega con un pedazo de su corazón, con una palabra que habla de caminos diferentes, con el peso y la belleza de su propio equipaje: experiencias, profundidad, dolores, pequeñas luces.
Relatos que a veces encuentran dificultad para fluir, silencios que se transforman en escucha y calidez. Una broma espontánea que aligera el ambiente, una música que comienza a sonar, una reflexión que poco a poco se abre paso. Como si todos recorriéramos un mismo camino, donde nadie decide realmente qué decir: simplemente nos dejamos conducir y, sobre todo, nos dejamos tocar por los demás.
Sentarse juntos alrededor de una mesa significa entretejer todo eso, casi sin darse cuenta. Con naturalidad. Porque, por alguna misteriosa razón, uno se siente visto, acogido y comprendido.»
Me gusta pensar que estas mesas, semejantes a paletas llenas de colores, son una hermosa imagen de la amistad. Ella deposita en nuestro corazón el recuerdo de las caricias recibidas, a vuelo de ángel, de los rostros y de las historias que se han entrelazado en nuestro camino, despertando el deseo de seguir tejiendo vínculos hasta llegar al banquete sin fin, donde todos volveremos a encontrarnos y a reconocernos.
El pensador ruso del siglo pasado Nikolái Berdiaev escribió que la persona humana es un camino hacia Dios y que solo puede realizarse plenamente en comunión con las demás personas, en esa comunidad donde el «yo» se encuentra con el «tú» para convertirse en un «nosotros», en el Cuerpo divino-humano, el Cuerpo de Cristo. La célula viva de esta comunión es la fraternidad espiritual: una red de vínculos tejidos por el Espíritu, donde se realiza plenamente la libertad de cada persona y donde, de manera casi imperceptible, va naciendo el Reino de Dios.
Que este tiempo de vacaciones nos conceda la gracia de saborear el asombro de descubrirnos camino hacia Dios; de sentirnos alcanzados y custodiados para, a nuestra vez, alcanzar y custodiar a los demás… ¡a vuelo de ángel!







