Vivir como Resucitados en el mundo digital
¿Qué significa vivir como resucitados en el mundo digital?
Para entenderlo, primero hay que comprender qué es el mundo digital.
Muchas veces nos preguntamos cómo podemos usar mejor las redes sociales para compartir algo de nosotros o dar a conocer a Dios en estas plataformas. Pero aquí está el punto clave: no se trata de “usar”, sino de vivir.
Un error común hoy en día es considerar las redes sociales como simples herramientas para comunicar, compartir o pasar el tiempo. Pero no es así: el espacio digital es un verdadero lugar para habitar, en el que estamos llamados a llevar nuestra misión. En los últimos años hemos sido testigos de un desarrollo constante de las plataformas digitales, que han pasado de ser medios de comunicación a auténticos espacios donde anunciar la Buena Noticia. Muchas veces hemos habitado las redes como cristianos sin siquiera darnos cuenta. ¿Un ejemplo? En la primera fase de la pandemia de COVID-19, la Plaza de San Pedro estaba vacía, pero llena de presencia: la transmisión en televisión y en redes sociales permitió al Papa Francisco guiar una oración y un mensaje dirigido a todo el mundo, aun en medio del confinamiento.
Ante esto, surge una pregunta: ¿todos esos píxeles son reales? Pues… ¡sí! Todo lo que vemos en las redes es real: los mensajes que intercambiamos, las emociones que experimentamos al leerlos y las reacciones que generan en nosotros. Si lo pensamos bien, mensajes, imágenes, videos y todo tipo de contenido digital pueden transformar pensamientos, sentimientos, emociones y comportamientos.
Sin embargo, hay que tener cuidado: real no significa completo. Lo digital, por sí solo, no basta para sostener la complejidad de una relación. Para construir un vínculo verdadero no podemos depender de una sola forma de encuentro, así como tampoco bastan solo las palabras o la simple cercanía física sin un diálogo profundo.
Entonces, ¿qué significa vivir como resucitados en el mundo digital? La Iglesia ha intentado explicarlo varias veces poniendo en el centro la parábola del Buen Samaritano. La misión en este “sexto continente” comienza cuando nos preguntamos: ¿quién es mi prójimo en el mundo digital? Puede ser la persona que vive sola, quien sufre por una traición, o alguien que atraviesa un momento difícil. En este sentido, las redes sociales son un lugar privilegiado para encontrarnos con personas necesitadas de un encuentro verdadero.
Recordemos también que todo cristiano es un “micro-influencer”: cada seguidor es una persona que escucha el mensaje que compartimos. La responsabilidad de nuestros contenidos crece en la medida en que crece nuestra audiencia. Por eso, debemos recordar cómo comunicaba Jesús en su tiempo: no usaba argumentos técnicos, sino parábolas. Contar historias de fe y esperanza hoy es fundamental para dar sentido a la experiencia digital y responder a las dudas con dulzura y respeto.
Finalmente, es indispensable reconocer los riesgos de este nuevo mundo: no estamos en las redes para “vender un producto” o hacer publicidad, sino para comunicar la vida en Cristo a través del testimonio. Como Juan el Bautista, estamos llamados a “disminuir” para que Cristo crezca: no buscamos seguidores para nosotros, sino para Él. La misión no es llevar a Jesús a donde no está, sino hacerlo visible donde ya está presente.
«Lo que les digo en la oscuridad, díganlo en la luz, y lo que escuchan al oído, proclámenlo desde las azoteas» (Mt 10,27).
Hoy, esas azoteas son más pequeñas que nunca: caben en la palma de una mano.





